
Foto: AFP
Mauricio Torres
Algunos lo consideran un arte. Otros, un delito contra los espacios públicos o la propiedad privada. Unos más únicamente ven en él rayones sobre una pared.
Desde hace décadas, el grafiti es un elemento presente en las ciudades de todo el mundo. Aunque el término proviene del italiano y se refiere a la marca o inscripción hecha sobre un muro, quienes lo han estudiado señalan que su nacimiento como expresión moderna ocurrió en la década de 1960 en Estados Unidos, particularmente en Nueva York.
Los seguidores de la música hip-hop lo tomaron como un medio para plasmar su identidad y manifestar sus ideas políticas o sociales, que con el tiempo se difundió por el planeta.
Se caracteriza por su espíritu de protesta. Celtic, un grafitero que relata su testimonio en el sitio www.graffiti.org, explica que la mayoría de los personajes de estas obras lucen molestos porque reflejan el descontento de quien lo ejerce.
También se distingue por su afán de llamar la atención y, en ese sentido, puede transgredir el orden y caer en la ilegalidad si afecta las propiedades de terceros. Kairos, otro grafitero, dice que el grafiti es ilegal en casi todos los países, aunque en algunos como México y Estados Unidos existen bardas legales donde quienes lo practican pueden expresarse, mientras en otros como Australia es un deporte fomentado por las empresas.
Nos guste o no, el grafiti es parte de nuestras ciudades, una imagen que les da vida. Por ello, antes de ensalzarlos o satanizarlos, conviene tratar de entenderlos, de pensar qué nos dicen de nuestras sociedades. Es probable que estas obras nos muestren mucho de la época que vivimos.





