
Foto y texto: Luis Carlos Vélez / Sigue al autor en Twitter: @velezcnn
(CNN) El viento frío golpea contra las inmensas montañas y poderosas rocas produciendo un sonido inconfundible. Es un zumbido que sube y baja de intensidad, pero que siempre está ahí y se mezcla con las casi notas musicales que genera el mar cuando se estrella contra tierra firme.
El olor también es único: es sal de mar diluida en agua cristalina que permite ver el verde de las algas en el suelo marino. El cielo es azul. Pero lo mejor es que ella está allí, nunca había visto algo de su tamaño en el agua. Es libre y enorme. Se acerca lentamente sumergiendo su cuerpo en el agua y por instantes nos muestra sus aletas y su cola. Es una ballena del sur, y es que estoy en uno de los puntos más al sur de África, son las playas de Hermanus.
“Aún hay más”, me advierten, cuando con la boca abierta veo otro animal al que acá llaman dicen “dassies” (damán de El Cabo) y que parece una rata pero me aseguran es pariente lejano del elefante. Lo dudo, pero a la larga les creo, porque tampoco creía que hubiera un lugar en el mundo donde los babuinos caminaran tan libres en la carretera y se movieran con tanta tranquilidad en las calles, para que existieran letreros en los que se pidiera a los visitantes cerrar las puertas de los autos con seguro y mantener las ventanas cerradas para que estos curiosos simios no se roben la comida y mucho menos los celulares
Y los pingüinos. Son centenares y me miran como un extraño invadiendo su territorio. Caminan hacia mí y no les da miedo. Incluso posan como modelos para que les tome fotos.
Suena increíble, ¿verdad? Y eso que no les he hablado de los safaris y los cinco grandes. O de los zoológicos que permiten acariciar cachorros de león, mientas otros tienen leones sueltos como si no fueran capaces de comerse a una persona en tan sólo segundos. O de la ruta del vino en Stellenbosch.
O qué tal de la comida: del intenso sabor del kudu o del springbock. Dos antílopes bandera de esta tierra. O qué tal el cocodrilo que, en todas sus presentaciones desde carpaccio hasta empanizado, sabe delicioso. O de las sabrosas naranjas de Neilsprut o los aguacates de Mpalanga.
Hace 23 días caminé estos mismos pasillos emocionado y lleno de expectativas. Hoy, al frente de un café y a la espera de mi vuelo de regreso a Atlanta, tengo que decir que todo fue inmensamente superior a lo que alguna vez imaginé podría ser Sudáfrica. Este, el aeropuerto Tambo, es de clase mundial. Las carreteras e infraestructura de la nación nos permitieron visitar ciudades y pueblos que ni siquiera aparecen en los mapas.
Y la gente, blancos y negros, siempre nos miraron a la cara para preguntarnos de verdad cómo estábamos y no para cumplir un protocolo de supuesta decencia. Como en pocos lugares realmente me sentí acogido y disfruté de conversar con extraños que terminaron varias veces por ofrecerme su casa o incluso, en el caso de una graciosa señora en Pilanesberg, por presentarme a su hija.
El ambiente para el Mundial en esta generosa nación fue maravilloso. Fue mágico ver a tanta gente de tantos países tan lejos de su casa hablando el mismo idioma: el del futbol. Fue increíble visitar los estadios y ver a los equipos defendiendo los colores nacionales. Fue estupendo soplar una vuvuzela aunque no me dejaran oír los cánticos de las barras. Fue del otro mundo mirar el cielo de este lado del planeta.
Ngiabonga, dicen por acá en zulú. Signigifica “gracias” en español. “Ngiabonga, Sudáfrica”, por una experiencia inolvidable. Realmente no
me quiero ir.