Fue en la adolescencia (a los trece años, para ser exactos) cuando pude conocer la forma en que el narcotráfico operaba en Michoacán. No estoy hablando de hace algunos años, sino de al menos dos décadas y media. Claro, lo que viví aquel día no era algo nuevo para los michoacanos. Debo asumir que el narcotráfico llevaba muchos años más incubándose en las redes sociales y políticas de ese Estado.
Resulta que, por amistades del colegio, fui a parar a una gran fiesta del hijo de un comandante de la extinta DFS, organización que anteriormente estructuraba y cohesionaba a todos los cuerpos policiales del país, y que fue desarticulada, entre otras cosas, por la gran corrupción de sus agentes y altos mandos.
No era un secreto que el comandante Rafael Chao protegía a los cárteles de la droga y, más aún, participaba activamente en el reparto de plazas y en el tráfico de droga. De hecho, la DEA lo consideró como “traficante de clase uno” y fue puesto en prisión en 1989.
Ya en ese entonces, en plena capital michoacana, era difícil distinguir una línea entre policías y narcotraficantes, entre autoridades corruptas y no corruptas. No la había. Y si esto se vivía en la capital, habría que imaginar municipios dedicados al cultivo y trasiego de droga.
La casa del comandante Chao era como la de cualquier poderoso narcotraficante, con el ingrediente adicional de que además era un poderoso jefe policial. Animales exóticos en los jardines, decenas de elementos de seguridad a su servicio y autos nacionales y extranjeros de lujo. Y para la fiesta, bueno… todos los artistas de moda de los 80, en vivo y en directo. En la fiesta convivían políticos michoacanos del momento y narcotraficantes.
Por supuesto que en Morelia sucedía lo que sucede en muchas otras plazas dominadas por el narcotráfico: los capos son temidos, obedecidos, respetados y, sobre todo, admirados por la población. Eso es la cultura del narco y contra eso se pretende luchar en todo el país.
Cuando veo el nivel de violencia que se ha desatado en Michoacán a raíz de la detención de uno de los capos del cártel de La Familia, entiendo cómo y por qué estas organizaciones criminales llegaron a acumular tanto poder, bajo el amparo de las autoridades y de la estructura del propio estado.
El problema es que, honestamente, no veo que la confrontación sea el camino, porque sencillamente se desconoce el tamaño del enemigo. Es más, no se sabe quién o quiénes son los enemigos y qué respaldo tienen en las bases sociales.